Sobrevivir a lo peor (English below)

El 12 de enero del 2010, cuando se dio el terremoto, Eunide Eugene tenía cuatro meses de embarazo. Estaba en su casa en Léogâne, cuando ésta se derrumbó sobre ella, atrapándola bajo los escombros.

“Casi morí aquel día”, recordó. “Todo mundo –mis amigos y vecinos –creyeron que yo había muerto. Pero dos personas me sacaron de entre los escombros. Gracias a Dios, el bebé estuva bien”.

En Santo, Eugene se unió a cientos de sus nuevos vecinos que quedaron sin hogar. Más de un año y medio después sigue viviendo allí, cuidando a sus cuatro hijos, a tres sobrinos y a su abuela de 79 años –todos en el mismo albergue de emergencia.

Cada semana ella viaja en un “tap-tap”, uno de los comunes “buses” privados haitianos  – que a menudo son pickups destartalados-, al pueblo de Malpasse, cerca de la frontera con República Dominicana, para comprar perfumes, cosméticos y productos de belleza. Los lleva a las abarrotadas calles de Puerto Príncipe, para venderlos a crédito a los vendedores ambulantes. Los miércoles, regresa para cobrar sus humildes ganancias.

El albergue actual de Eugene es terriblemente pequeño para las nueve personas que viven allí.

“No tenemos a dónde ir”, dijo ella. “No tenemos dinero, no tenemos nada”. Una nueva vivienda, dice, ayudará muchísimo a su familia, brindándoles un lugar seguro y adecuado donde vivir y dormir.

Eunide Eugene
Léogane, Haití

Surviving the worst

Eunide Eugene was four months pregnant on January 12, 2010, when the earthquake struck. She was at home in Léogâne, and the concrete house collapsed on top of her, pinning her in the debris.

“I almost died that day,” she recalled. “Everybody—my friends and neighbors—thought I had died. But two people pulled me out. Thank God the baby was OK.”

Eugene joined hundreds of her now-homeless neighbors in Santo. More than a year and a half later, she still lives there, supporting her four children, three nephews and her 79-yearold grandmother, all of whom live in one shelter.

Every week she catches a tap-tap, one of the ubiquitous privately owned Haiti “buses”—frequently just dilapidated pickup trucks—to the town of Malpasse, near the Haitian border with the Dominican Republic, and buys cosmetics, perfume and beauty supplies. She takes them to the teeming streets of Port-au-Prince, and sells them on credit to the sidewalk vendors there. On Wednesdays, she returns to collect her modest profits.

Eugene’s current shelter is painfully small for the nine people who live there.

“We have nowhere else to go,” she said. “We don’t have money, and we don’t have anything else.” The new house, she said, will help her family a great deal, giving them a simple, decent place to live and sleep.

Eunide Eugene
Léogane, Haiti

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